jueves, 18 de diciembre de 2008

Poema de Adviento - Tristeza de amor

En aquel tiempo
todas las tardes era Adviento.
La gloria de Yahvé se posaba en el lago
del corazón del hombre. Adán y Eva
hablaban con su Dios, comentando
a la fresca de cada día
el gozo y el trabajo.

Una tarde maldita no hubo encuentro.
Sí que vino el Señor, como todas las tardes,
pero el hombre no estaba allí para esperarle.
El viento de Yahvé silbó con voces lastimeras
del Paraíso, entre los árboles.
Su corazón rugía en la tormenta,
llamando con gritos desgarrados a su hijos.

Pero Adán ya no estaba: había huido,
cansado de la vida, de Dios, de sí mismo;
harto de ser feliz, de tener pan y vino,
buscando nuevas experiencias
de desgracia y de muerte,
de odios y de venganzas.


Aquella tarde,

mientras la noche más triste de la historia
-como un anticipado Viernes Santo-
envolvía en su mortal mortaja el Paraíso,
Yahvé se sentía extrañamente triste,
como con ganas de llorar,
-sólo que no lo hizo, porque entonces
no tenía con qué-.

Han pasado los años y los días,
pero Dios no ha olvidado
aquellas tardes del Edén y sus coloquios
con el hombre, su amado.
Ahora tiene una cita con él en Nazaret.
Allí le esperan, como en aquellos tiempos:
el corazón, la vida y los brazos abiertos.

Dentro de una doncella ha florecido
-oasis en la estepa- el nuevo Paraíso.
Yahvé viene a quedarse en nuestra Tierra
para siempre a vivir con los hombres

y a morir por los hombres.
Aprenderá a reír y, al fin, podrá llorar.

Con María, la Iglesia está en Adviento permanente,
en la esperanza de que Dios se aproxima
viene y nos acompaña, como a los de Emaús,
al caer de la tarde, para partir el pan.
“Marana-tha”. ¡Ven, Señor Jesús!

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